John Waters

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Antes de Almodóvar, antes de que la estética Kitch se volviera mainstream, estuvo John Waters.

Ícono de la contracultura americana, director de culto, creador que convirtió la belleza en suciedad y viceversa, comenzó su filmografía en los tempranos años 70 con películas de bajísimo presupuesto y dudoso buen gusto.

Construyó su propio universo trash, y al igual que Andy Warhol, una escena paralela al star system americano, una suerte de corte del mal gusto y lo exagerado, donde Divine, el voluminoso artista transformista, fue reina y musa inspiradora. De toda su filmografía, hay que quedarse con la ironía: la crítica al modelo de familia convencional y la american way of life. Un shock de libertad y rebeldía indecente y encantadora.

Tan icónico como sus films es su bigote delgadísimo, del que en su libro Mis modelos de conducta (Caja Negra, 2012), nos hace una curiosa revelación:

En 1970, en un intento infructuoso por robar la identidad de Little Richard, me dejé crecer mi bigote fino. Al principio no funcionó. Es difícil que le crezca uno tupido a un hombre blanco que no es tan peludo. Seguro, me afeitaba la parte superior con navaja y recortaba la de abajo con una tijera de cutícula, como sigo haciendo todos los días, pero así y todo se veía algo lamentable. Luego, mi amiga Sick, que solía vivir en Provincetown y que se había mudado a Santa Barbara y cambiado su sobrenombre a “Sique”, me dio algunos consejos de moda. “Usa un lápiz delineador”, me dijo, y luego me mostró cómo hacerlo. ¡Presto! Un look “icónico”: un chiste ridículo de moda que sigo usando cuarenta años más tarde. ¿Sorprendidos? ¡No lo estén! ¿Se llama “bigote de lápiz”, no? Y existe un solo lápiz que sirve para este truco: Maybelline Expert Eyes color negro terciopelo. Toda mi identidad depende de esta pequeña varita mágica de inmoralidad. Tiene que ser afilado cada vez que se usa; también, que en mi caso es dos veces al día o algo así. Más si se anduvieron besando. Créanme, probé los lápices delineadores caros, que no se corren, pero son muy espesos, muy penetrantes, muy indelebles. Existe un solo lápiz delineador para mí, ¡y ése es el Maybelline! Siempre llevo uno en el bolsillo, tengo otro en mi auto, y otros de respaldo en cada una de mis casas. Una vez estaba en el hospital tras haber sido asaltado y supongo que debido a mi contusión me había olvidado de llevar mi Maybelline. Tenía tanto pánico que rengueé hasta el espejo y traté de hacerlo con un lápiz negro común. No funcionó. Como sabía que las únicas visitas que tenía ese día eran mis padres, decidí involucrarlos. No tenía mucha opción. Desde luego, nunca habíamos discutido cómo me hacía el bigote. Acabo de recordar su expresión vagamente asqueada al verlo por primera vez cuando regresé de California. Teníamos tantos problemas en ese entonces que el bigote debía ponerse en la fila y esperar su turno. Mordí el polvo, llamé a mi madre y le dije: “No preguntes, ve a la farmacia, consígueme un lápiz delineador Maybelline color negro terciopelo y tráelo al hospital”. Silencio del otro lado. “Bueno”, murmuró finalmente con notoria molestia. Cuando mamá y papá entraron en mi habitación, ella escondió el preciado paquete detrás suyo y me lo dio sin que mi padre lo viese. Jamás volvimos a hablar de eso.

Su legado es vigente al día de hoy y es fuente de inspiración para artistas y también en la moda.

El September issue de la revista Numéro del 2014 rindió tributo a su célebre film Pink Flamingos de 1972, en una producción de los fotógrafos Sofia Sanchez y Mauro Mongiello.

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